domingo, 13 de agosto de 2017

El Psicoanalista de John Katzenbach

Afuera llueve a cantaros, no se escucha nada que no sean los golpes en el techo. Terminé el libro como hago últimamente: desesperada por llegar, con la boca abierta del asombro y mil pensamientos saltando. Movida por un poco de morbo y el seductor relato que me atrapó, yo necesita saber si el doctor Frederick Starks iba a morir.

El día del cumpleaños 53, el Dr. Starks recibe una anónimo en el cual dice que tiene 15 días para averiguar quién lo envió, si no lo consigue debe suicidarse o algún familiar morirá. El doctor por su personalidad pasiva y calculadora hace mucha reflexión y análisis en sus movimientos, lo que al principio no le sirve, ya que la persona que lo persigue tiene varias acciones bajo la manga para hacerlo reaccionar y actuar. El desconocido no trabaja solo, cada personaje es interesante y bien logrado, con una participación definida.

Me identificaba con la frustración del Dr. Starks, cada vez que daba un paso en firme había una nueva piedra en el camino, entonces yo también sentía un poco de impotencia. Es obvio que uno quiere llegar a la parte en donde se dice los motivos por los que el odio del autor de la nota tiene por un psicoanalista viudo y sin hijos, pero se debe tener paciencia. Este es un libro de suspenso psicológico, que deberán conocer.

“– ¿De veras has venido hasta aquí sólo para matarme? –preguntó.
– Sí –mintió Ricky.
– Adelante, pues. –El anciano le miraba fijamente.
– Rumplestiltskin siempre ha sido usted –dijo Ricky.
– No, te equivocas –repuso Lewis a la vez que sacudía la cabeza–. Pero yo soy quien lo creó. Por lo menos en parte.
Ricky se desplazó a un lado, adentrándose más en el estudio sin dejar de dar la espalda a la pared. Las mismas estanterías. Las mismas obras de arte. Por un instante, casi pudo creer que el año transcurrido entre las dos visitas no había existido. Era un lugar frío, que parecía reflejar neutralidad y una personalidad opaca; nada en las paredes ni en la mesa que revelara algo sobre el hombre que ocupaba el estudio, lo que, como Ricky pensó de modo sombrío, seguramente lo decía todo. No se precisa un diploma en la pared para acreditar que se es perverso. Se preguntó cómo no se había dado cuenta antes. Hizo un gesto con el arma para indicarle que se sentara en la silla giratoria de piel.
El doctor Lewis se dejó caer en ella con un suspiro.
– Me estoy haciendo viejo y, ya no tengo la energía de antes –dijo con aspereza.
– Ponga las manos donde pueda verlas –exigió Ricky.
El anciano levantó las manos y se dio unos golpecito s en la frente Con el dedo índice.
– Las manos no son lo verdaderamente peligroso, Ricky. Ya deberías saberlo. Lo verdaderamente peligroso, es lo que tenemos en la cabeza.” (p.443)

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