Celebro
el día del libro terminando de leer esta novela. Es el tercer libro que leo de
la autora, ella es española. Dure mucho en leerlo, físicamente es un libro
pesado e incómodo como para andarlo en el bolso. En cuanto a la historia pienso que es un libro muy largo,
muchas ideas se repiten varias veces y uno como lector quiere avanzar con los
acontecimientos.
La idea en si me gusta y el final me parece interesante, pero me genera
dudas si el personaje era tan malo como él mismo lo dice (el libro está en
primera persona), hay algunos huecos porque parece que quiso arrepentirse,
además de que tanto ejemplo para decir lo mismo es cansado, algunas
descripciones me parecen innecesarias y que no agregan valor.
La
mayor parte se desarrolla en New York, Thomas Spencer consigue ser un personaje
que hace bien su papel de canalla, es un completo desgraciado con todas las
personas que lo rodean, tiene mucho odio y resentimiento en su corazón, es egoísta
y despreciable, está lleno de maldad. Hay momentos en que Thomas describe situaciones
que pudo haber hecho, pero que al final no las hace.
“Miré alrededor y me vi tumbado en el
suelo del salón junto a una botella de whisky vacía y un vaso roto. La cubierta
también estaba en el suelo y había restos de agua y de licor por doquier. Sentí
la mano derecha pegajosa y como ya estaba recuperando los sentidos, fui conscientes
de que olía a sudor, a vómito y alcohol rancio. Tenía que ponerme en pie pero
la cabeza me dolía demasiado y mis piernas y brazos se resistían a obedecer.
Tardé un buen rato en incorporarme. En realidad me arrastré hasta el cuarto de
baño y aun no sé cómo logré meterme bajo la ducha.
El teléfono no dejaba de sonar, ahora
sí que lo escuchaba con más claridad, y eso me ayudó a recordar que Maggie me
había llamado y me había dicho algo que parecía importante, pero ¿el qué?
Cuando salí de la ducha aún no estaba
despejado del todo, ni siquiera me sentía mejor, pero parecía poder caminar sin
que me doblaran las piernas. Me tumbé encima de la cama envuelta en una toalla
intentando que mis neuronas se volvieran a conectar.
Logré hacer un esfuerzo y busqué un par
de aspirinas que me tomé con un trago de agua. No sé cómo lo conseguí, pero fui
capaz de hacerme un café cargado y colocar una rebanada de pan en la tostadora.
Era la una y media cuando salí de casa con la peor resaca de mi vida.” p.268-269.
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