domingo, 10 de julio de 2016

El hombre en busca del sentido de Viktor Frankl

En varias clases de la universidad se nos habló de este libro, yo soy Psicóloga, y hasta hace poco lo pude leer. El autor creo la logoterapia como método psicoterapéutico, pero en si lo que más trasciende o lo que la mayoría de personas asocia más este libro fue la experiencia que vivió el autor en los campos de concentración durante la Segunda Guerra Mundial.

Últimamente he leído varias historias de la guerra, un episodio devastador, el periodo oscuro de nuestra humanidad, el cual se vuelve más duro cuando le ponemos rostro con historias como esta. Las estadísticas dicen que un 3% de la población mundial murió durante la Segunda Guerra Mundial, un número terrible, lleno de crueldad y espantosos asesinatos; que al leer libros como este, los que no vivimos en esa época se nos hace difícil comprender tanta maldad junta.

La muerte emocional de los prisioneros, el trabajo forzoso, los golpes y la mala alimentación eran solo una parte de la lista diaria, a la que se sumaban la falta de sueño y la falta de sentimientos. Este libro es triste en cada página. Nos sacude bastante en todas las descripciones.

Me considero una persona bastante positiva, que siempre trato de buscar la parte buena de las cosas, por lo que quiero copiar este fragmento, que todavía es más fuerte y positivo de lo que mi mente podría pensar:

“Cura médica de almas.
Recurrí al más trivial de los consuelos. Dije que, a pesar de estar en el sexto invierno de la Segunda Guerra Mundial, no estábamos en la peor de las situaciones. Dije que cada uno podría preguntarse qué pérdidas irreparables había sufrido hasta el momento, y di por sentado que serían escasas. Los que aún estamos con vida teníamos razones para la esperanza: la salud, la familia, la felicidad, la capacidad profesional, la fortuna material, la posición social… Todas esas cosas podían recuperarse. Al fin y al cabo, todavía teníamos los huesos sanos. Nuestras vivencias en el campo podrían resultar provechosas en el futuro… Y cité a Nietzsche: “Todo lo que me destruye me hace más fuerte.”
Luego aludí al futuro. Afirmé con sencillez que, sin duda, este se presentaba bastante negro. Admití que cada uno podía aventurar que sus posibilidades de sobrevivir eran mínimas. Les explique que, aunque todavía no había irrumpido ninguna epidemia de tifus en el Lager, estimaba que mis posibilidades de supervivencia eran de una en veinte. Pero también les dije que, aun así, no tenía intención de perder la esperanza y tirarlo todo por la borda, pues nadie sabía lo que el futuro nos podría deparar, ni siquiera en la hora siguiente. Y aunque no cabía esperar ningún “milagro” militar en los próximos días, nadie conocía mejor que nosotros, con nuestra larga experiencia en el campo, los vaivenes de la suerte, al menos individualmente.”

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