Voy
a hablar de otro libro de Isabel Allende, me gusta mucho ella, un día de estos
voy hacer un recuento para ver cuántos libros me faltan por leer. Hace un rato lo
terminé, por lo que se imaginaran que todavía estoy con la adrenalina de sus
últimas páginas, esas que sabemos que son la clave de la historia. Me lo prestó
una compañera de mi trabajo, por lo que el lunes fijo hablaremos de los pormenores
y nuestras conclusiones.
Yo
no tengo queja por la primera parte, a muchas personas no les gusta cuando la
historia se pone lenta por describir a los personas y contar sus historias, yo
pienso que es la mejor parte, conocer que han hecho, de donde vienen, porque
hacen o no hace algo. Además pienso que es importante la descripción de ciertos
detalles, que en la vida real no mencionaríamos, porque nos daría vergüenza o
porque pensaríamos que no vienen al caso.
Al
resolver el crimen fue predecible el culpable, pero tuvo giros que no me
imagine, mi pensamiento: “Ay no puede ser”. Como todo criminal tenía una firma,
un motivo y un modus operandi, y como con todo ser humano mezcla de amor-odio
en sus acciones.
Mi
personaje favorito sin dudarlo es Amanda, una chica segura y decidida, aunque
Miller al final se ganó mi corazón; fue muy tonto al querer jugar de héroe,
pero posiblemente necesita librar un poco su alma.
“Amanda Martín cerró los ojos, respiró
a pleno pulmón el aire límpido de esa mañana de invierno; por la fragancia
picante de los pinos supo que el coche avanzaba por la avenida del parque y por
el olor a excremento, que pasaba frente a las caballerizas. Calculó que eran
las ocho y veintitrés minutos; dos años antes había renunciado al reloj para
cultivar el hábito de adivinar la hora, igual como calculaba temperaturas y
distancias, también afinó el paladar para identificar ingredientes sospechosos
en la comida. Catalogaba a la gente a través del olfato: Blake, su abuelo, olía
a bondad, una mezcla de chaleco de lana y manzanilla, Bob, su padre, a reciedumbre:
metal, tabaco y loción de afeitar; Bradley, a sensualidad, es decir a sudor y
cloro; Ryan Miller olía a confianza y lealtad, olor a perro, el mejor olor del
mundo. Y en cuanto a Indiana, su madre, olía a magia, porque estaba impregnada
de las fragancias de su oficio.”
No hay comentarios:
Publicar un comentario